en ciertos individuos, lo que pudiéramos llamar su pensamiento no es sino una proyección de sus carencias. Así, cuando oímos a alguien afirmar que la propiedad es un robo, en realidad estamos asistiendo a una declaración de su impotencia para obtener algo, para lograr algo o para adquirir algo por sus propios medios y según las normas al uso; o lo que es lo mismo, estamos oyendo el único modo en que esa persona cree posible por sí misma llegar a ser propietaria, y por tanto, el único que su limitada imaginación considera posible en los demás. Queda o bien asumir la ineptitud propia o bien deslegitimar la habilidad ajena. Lo normal entre mediocres y parásitos es inclinarse por esto último. Tenemos entonces que la propiedad es un robo, siempre, claro es, la propiedad de los otros, de modo que es lícito despojarlos, y así se hace, cumpliendo, efectivamente, lo que les dicta su naturaleza, lo que afirma su ideario y lo que inútilmente tratan de ocultar bajo un enunciado presuntamente ideológico: que ellos no son capaces de obtener nada como no sea robando.