Es bien sabido que, a finales del período Ordovícico, se verificó una de entre las muchas extinciones en masa que cíclicamente han asolado la tierra. En aquella remota ocasión, cuyos límites temporales fluctúan entre hace 505 a 438 millones de años, más de una quinta parte de las primitivas especies existentes dejaron de poblar la superficie del planeta sin otro motivo que el capricho de una naturaleza desatada y hostil. Pero la vida siguió.
Posteriormente, en el Triásico tardío (245 a 208 millones de años), la masacre, ahora diversificada, se repitió, dejando libre el escenario para la aparición de los dinosaurios, y la vida siguió. A partir de entonces y durante miles de milenios, la estabilidad fue norma, sin embargo el holocausto de lo que en principio parecía el estadio más próspero de la evolución fue al cabo consumado en las postrimerías del Cretácico (145 a 65 millones de años): los dinosaurios, aquellas colosales, aparentemente invulnerables formas de existencia, resultaron aniquilados por completo. Pero la vida siguió, y la diminuta —casi microscópica en la analogía— presencia de los mamíferos tomó por asalto un mundo devastado.
No obstante, este apresurado recuento de catástrofes carece en absoluto de importancia si lo comparamos con uno de los más cruentos episodios de que la paleontología tiene noticia: durante el ocaso del Pérmico (286 a 245 millones de años), el exterminio alcanzó cotas siquiera concebibles; tanto en tierra como en mar, se estima que el 95% de las especies sucumbieron; para el 5% restante había pues terminado el fácil proceso de la expansión y comenzado el de la supervivencia. Pero la vida siguió.
Las cucarachas, en sus múltiples variantes, llevan 400 millones de años sobre la tierra y no se dan tantas ínfulas al respecto de su posición en la escala evolutiva. Es acaso un intolerable ejercicio de soberbia pensar que podemos dañar a la larga nuestro entorno. El mundo permanecerá con nosotros o sin nosotros; en cualquier caso siempre indiferente a nosotros. Atentar contra el ecosistema que nos hospeda y que nos sustenta no es un crimen, es sencillamente un acto de mal gusto, de falta de higiene, pruebas ambas de una deplorable educación. Ver en ello otros designios que los inherentes a la estupidez de nuestra especie, empeñarse en defender el medio de nuestras torpes intromisiones, pensarnos guardianes de aquello que nos ha precedido y que igualmente nos sobrevivirá, creernos depositarios de un legado que ni nos tiene en cuenta ni lo necesita, hacer empresa vital de lo que es puro sentido común; bien, cabría sospechar que son muy otros los móviles, que son muy otras las carencias, que más que proteger la naturaleza, importa protegerse de las ausencias interiores, de los propios fantasmas.
Somos el producto de un nicho ecológico perfectamente determinado: lo durable de nuestro tránsito vital depende enteramente del cuidado que observemos a la hora de mantenerlo intacto. Lo demás es presunción y vanagloria, lo demás es atribuirse el liderazgo de una causa que no existe y que tampoco precisa de paladines: el mismo nicho que nos engendró nos enterrará, el mismo nicho que ahora nos acoge y alimenta nos utilizará como abono.
Es ya tarde para que el señor Pelham comprenda que su delirante campaña carece de objeto según los términos en que él la planteó. Aun así, entendemos como deber inexcusable de esta Sociedad el hacer pública nuestra absoluta convicción de que preservar el entorno (tarea necesaria en cualquier caso) es sobre todo una exigencia estética mucho antes y muy por encima que ética: en ciertos asuntos, lo contingente de los preceptos morales, su espuria supeditación a designios económicos o humanitarios, aconseja guiarse por sólo la belleza formal, la permanencia de cuyos valores se nos antoja a la larga mucho menos voluble, mucho menos adaptable a según qué intereses transitorios. A nuestro juicio, ningún saludable provecho puede esperarse de quien interpreta la vida y sus múltiples interrelaciones con el medio como un proceso moral: no hay nada moral en la naturaleza, nada de lo que inferir virtud, amor o solidaridad, sólo oportunismo, voraz oportunismo y caótica supervivencia; a veces, casi siempre, estética. Que sea entonces esa amable y última sugestión la que nos sirva de guía, no el prurito de erigirnos en ridículos custodios de lo ya por sí inmutable: conservemos el entorno por no otra causa que por aquella que nos distingue del resto de los seres vivos: la capacidad para gozar de su belleza, la capacidad para descubrir valores formales allí donde las demás especies no encuentran sino utilitarismo. Sea nuestro egoísmo vital no una torpe, inferior necesidad de aplacar oscuros instintos de permanencia, de satisfacer el hambre o de trascender sin otro propósito que el numérico; sea nuestro egoísmo vital un egoísmo que sólo a nosotros nos es familiar, sea nuestro egoísmo un acto intelectual, el mismo que nos mueve a respetar el arte, el mismo que nos debe persuadir a respetar la más bella de las obras de arte: nuestra morada: el inimitable lienzo salpicado de formas y colores que habitamos.